Igor Kniguin y Valeri Fineev llevaban tiempo saltando de un lado al otro de la ley. Expolicías, despedidos del cuerpo con deshonor, decidieron cambiar definitivamente de bando. Escogieron el lugar para su gran golpe al milímetro: los grandes almacenes Molodezhni, en el oeste de Moscú. Y sumaron a la banda a un exmilitar y a un agente del KGB prejubilado. Personas con experiencia en la persecución de crímenes para cometer el que sería considerado como el mayor atraco de la historia de la Unión Soviética hasta la época. Un gran golpe que dejó un reguero de cadáveres.

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