Un botín millonario que hizo historia.

El tren de correos de Glasgow (Escocia) a Londres cubre su trayecto habitual hacia la estación de Euston, en Londres, donde finaliza su recorrido. A las 3 de la madrugada del 8 de agosto de 1963, y a tan solo 65 kilómetros de la capital inglesa, un semáforo en rojo hace que el convoy se detenga. Cuando se acercaba a la localidad inglesa de Cheddington quince individuos con pasamontañas y cascos instalan una señal falsa de alto en la vía, detienen el convoy y desenganchan la locomotora haciéndose con la totalidad del dinero que lleva a bordo, 120 sacas repletas de libras Bruce Reynolds y sus secuaces acaban de apropiarse de un botín récord para la época convirtiéndose en protagonistas del mayor robo a un ferrocarril del siglo.

Todo el plan se había fraguado en el cerebro de Reynolds, hijo de un activo sindicalista de la Ford en el Reino Unido. El joven metido en rencillas varias desde que cumplió los 14 años y ávido de sensaciones fuertes, decidió protagonizar un gran golpe, el definitivo, aquel que le llevaría a la fama y resolvería al fin sus problemas económicos. El botín ascendía a 2’6 millones de libras, el más cuantioso hasta la fecha. Meticulosamente planeó el golpe haciéndose con información confidencial. Recabados todos los datos formó una banda, cuyos miembros seleccionó cuidadosamente de acuerdo a sus habilidades Y en la fecha elegida llevó a término el asalto. El éxito fue rotundo.

La banda desconocía que estos trenes viajaban cada día cargados de dinero. Uno de los ladrones, Gordon Goody, reconocería a The Guardian en 2014 que recibieron el soplo de Patrick McKenna, un trabajador postal que, además, les recomendó la fecha perfecta para el robo, la madrugada del 7 al 8 de agosto. El día anterior había sido festivo en Escocia, por lo que el botín iba a ser mayor. En cualquier otra fecha se hubieran encontrado con una cifra cercana a 300.000 libras. El tren cargaba nueve veces esa cantidad.

El convoy constaba de 12 vagones y en el viajaban 72 trabajadores de la Royal Mail británica. El vagón que interesaba a los ladrones era el segundo tras la locomotora. Era el que contenía los sacos llenos de envíos certificados. La cuadrilla decidió que la localización idónea para el asalto sería en una zona rural al norte de Londres. Era un lugar perfecto para cargar los coches con los que huirían después, y que estaba a tan solo 800 metros del lugar en el que planeaban detener el tren.

El truco fue tan simple como retirar la bombilla de la luz verde y encender la roja conectándola a una batería. El maquinista, al ver la señal falsa, detuvo el tren. El ayudante del conductor descendió de la locomotora para dirigirse a un teléfono situado en un poste cercano y comunicarse con el responsable de circulación, pero descubrió que alguien había cortado los cables. No le dio tiempo a reaccionar, los ladrones le atacaron antes de que pudiera avisar de que algo pasaba.

Un pequeño grupo se encargó de desacoplar los dos primeros vagones. Los trabajadores de la Royal Mail que se encontraban en el resto del tren no sabían por qué se había detenido el convoy, ni podían ver o enterarse de nada. Mientras tanto, otros miembros de la banda accedieron a la locomotora. Uno de ellos golpeó al maquinista en la cabeza con una barra de hierro para obligarle a hacer circular el tren hasta el puente. Allí esperaba el resto de la cuadrilla. Asaltaron el vagón del dinero. Los pocos trabajadores que se encontraban allí, asustados, no opusieron resistencia.

No había guardas de seguridad ni policía custodiando el botín. Los ladrones hicieron una cadena humana desde el vagón hasta los vehículos y, en tan solo veinte minutos, se habían hecho con 120 sacos de dinero. Antes de irse, amenazaron a los trabajadores ordenándoles que no dieran aviso a la policía hasta, al menos, 30 minutos después de marcharse. Esta sería la primera pista que le dejarían a los investigadores.

Tras el atraco, Reynolds se escondió junto a unos catorce de sus cómplices en una granja al sur de Inglaterra cercana a Oakley con el botín millonario. Aburridos, se dedican apasionadamente a jugar al ‘Monopoly’ con su reciente adquisición.

Cinco días más tarde, la policía da con la granja. El juego de mesa será su delator. Las huellas dactilares de los fugitivos impresas en él permiten a los agentes, al mando del detective, Jack Slipper detener a varios miembros de la banda en una redada el enero de 1964, menos de seis meses después del atraco.

En el juicio, todos los implicados son declarados culpables y condenados a treinta años de prisión, entre ellos destacan Charles Wilson, Arthur Field y Buster Edwards, que lograron cumplir solo  la mitad de sus condenas, al beneficiarse de premios por buena conducta y programas de libertad condicional.

El destino de todos ellos sería infausto: Wilson sería asesinado en Marbella, Field fallecería en un accidente de tráfico, y por último  Buster Edwards se suicidaría en 1994 en la estación de Waterloo,

Pero fueron dos de los asaltantes los que alcanzarían la popularidad, dos antiguos compañeros carcelarios Bruce Reynolds y Ronald Biggs .

Este último, escapó de una prisión londinense en 1965 tras cumplir 15 meses de condena y huyó a París donde cambió su fisonomía gracias a la cirugía plástica, se hizo con nuevos documentos de identidad y se trasladó Australia para instalarse en 1970 en Brasil donde contrajo matrimonio y tuvo un hijo, logrando evitar la extradición.

Reynolds, por su parte había huido ocultándose en México y Canadá hasta que, al quedarse sin dinero cinco años después volvió al Reino Unido donde fue rápidamente capturado. Tras cumplir una condena de diez años de prisión fue liberado en 1978. El 27 de febrero del 2013 fallecía en su ciudad natal como un respetable ciudadano más, contaba 84 años.