Existen algunos robos tan extraordinarios que se han convertido en verdaderas leyendas.

Es el caso del célebre robo del Banco de Diamantes de Amberes (Bélgica), ciudad conocida por albergar la mayoría de diamantes en bruto de todo el mundo. Un delicioso manjar para los ladrones. El fin de semana del 15 y 16 de febrero del 2003, la banda conocida como “La Escuela de Turín” y liderada por Leonardo Notarbartolo consiguió entrar en el Centro de Diamantes de Amberes y perpetuar el atraco.

En el Diamond Center, más de 100 de las 189 cajas de seguridad que contenía la bóveda habían sido desvalijadas e incluso algunas joyas de aspecto valioso desperdigadas por el suelo ya que, los ladrones, no habían podido llevarse todo su botín. Cuando comenzaron a analizar el asalto, vieron que la alarma estaba perfectamente operativa y funcionando aunque la puerta estuviera perfectamente abierta. ¿Cómo lo habían logrado? ¿Qué tipo de criminales eran los culpables de la hazaña?

El 14 de febrero de 2003, Notarbartolo entró en la bóveda haciéndose pasar por comerciante de joyas y, cuando nadie le vio, aprovechó para rociar con un espray de laca el sensor de calor y movimiento. Esto lo que haría que, durante unos minutos, la alarma no saltase en caso de que alguien entrase en la bóveda. El día 16, dos días después, coincidiendo con la final del Diamond Games, un torneo de tenis organizado por los comerciantes de diamantes de Amberes, darían el golpe.

En total, había 10 sistemas diferentes. La puerta de la bóveda tenía un dial de combinación, un cerradura normal, un sensor sísmico, un sensor magnético, una rejilla de barras de acero y una cámara externa de seguridad. Ya dentro de la bóveda, un teclado para desarmar los sensores, un sensor de luz, un sensor de calor y movimiento y una cámara interna.

Con el Diamond District vacío, Notarbartolo condujo su Peugeot 307 alquilado hasta un edificio aledaño al Diamond Center. Del coche salieron el Monstruo, el Genio, el Rey de las LLaves y Speedy, su amigo de infancia. El Rey de las Llaves abrió la cerradura y el Genio subió hasta la azotea. De allí pasó al edificio del Diamond Center, donde, usando un escudo de polyester, inutilizó una alarma de calor y logró entrar. El resto de los ladrones le siguieron, cubriendo las cámaras de seguridad con plástico negro.

Llegaron a la bóveda. El Genio comenzó, una a una, a desarmar las medidas de seguridad de la puerta, sin disparar una sola de las alarmas. Cuando llegó el momento de abrir la puerta con la llave de seguridad, el Rey de las Llaves no tuvo que hacer nada: el guardia de seguridad había dejado colgada la original en la pared.

Apagaron las luces y, en total oscuridad, abrieron la puerta. El Monstruo entró y, tal y como habían practicado en su réplica de la bóveda, anduvo unos pasos hasta el centro de la bóveda, alzó las manos y desactivó el panel que activaba los sensores. Igualmente, luego usó otro escudo para inutilizar el sensor de calor, que temporalmente habían cegado con la laca, y cinta aislante para el sensor de luz. Ya con todo listo, se pusieron a trabajar.

Para las 5.30 de la madrugada, habían abierto más de cien cajas de seguridad. Esa era su momento límite, ya que después el Diamond District empezaría a llenarse de vida. Tras una hora cargando el coche con las bolsas llenas de barras de oro, joyas, millones y millones de dólares en diferentes monedas, se fueron al apartamento que Notarbartolo tenía alquilado en la zona.

Ya en un lugar seguro, comenzaron a analizar el botín. Fue entonces cuando, según la versión de Notarbartolo, se dieron cuenta. El monto que debía haber era de 100 millones de dólares, pero solo había sobre 20. Gran parte de las estuches estaban vacíos.

Este robo es el resultado de años de preparación. La banda alquiló, tres años antes, una oficina próxima al banco, y Notarbartolo se hizo pasar por comerciante de diamantes, ganándose la confianza de sus vecinos con su simpatía. Nadie habría podido sospechar su plan secreto.

Como en toda buena película, el giro final. Según este ladrón y mentiroso, había sido un golpe interno de algunos de los joyeros y mercaderes de diamantes, que habían sacado sus gemas antes de robo, y que ahora podrían reclamar al seguro y quedarse las joyas. Esta versión es desestimada por las autoridades. Aunque se sentía estafado, Notarbartolo solo podía seguir con el plan trazado.

Fue en ese camino cuando Speedy tuvo su ataque de pánico, se deshizo mal de las de pruebas y Notarbartolo acabó sentenciado a 10 años de prisión. Su plan salió perfecto. Sin alarmas, sin policía, sin problemas. Solo no contó con que uno de sus amigos de infancia pudiera pifiarla. El factor humano.